En Roma, un ejército de deudores
populares, liderados por Catilina, se rebeló contra los patricios, en
el 63 a.C. Al final, murió en batalla y le cortaron la cabeza como escarmiento para los rebeldes. Hace un montón de años y, sin embargo, no hay distancia más que
temporal entre esa rebelión y las que se dieron en el mundo durante los siglos XX
y XXI.
Nunca podremos pagar
nuestras deudas porque esa es la mejor manera que encuentran los acreedores de
tenernos a su servicio. No importa el monto o cómo lo paguemos, si con tierras,
alimentos, agua o nuestro cuerpo. Somos esclavizados por la deuda y así
seguiremos. Pero, los esclavos cada tanto se unen, se rebelan, se enfrentan y
algunos mueren. Los que sobreviven después deambulan sin tierra, sin alimentos,
sin agua y, probablemente, en un futuro ya casi presente, sin oxígeno.
Ante esta actualidad y
proyección de futuro del mundo, reencantarlo parece una empresa quijotesca. La
palabra empresa ya suena mal. Reencantar el mundo parece una hazaña imposible.
Sin embargo, Silvia
Federici esboza en su último libro la chance que tiene el mundo de escapar al
imperialismo acreedor o al liberalismo que impone la meritocracia con una
sonrisa hipócrita como la del mismo diablo: los comunes. Hablar de comunes
implica establecer “nuevas relaciones sociales basadas en el principio de
compartir comunal, impulsado por la certeza de que lo único que nos tiene
reservado el capitalismo es más trabajo, más miseria y más divisiones”. Los
comunes son “experimentos de autosuficiencia y las simientes de un modo de
producción alternativo en pleno proceso de creación”, “nuevas formas de
sociabilidad y abastecimiento controladas por la comunidad y organizadas según el principio de la cooperación social”.
Una salida colectiva.
Hablar de
“reencantar" parece recuperar el pensamiento mágico que caracterizaba a
las civilizaciones tan alejadas del “progreso". Sin embargo, Federici no
hace referencia a un pasado al que ya no se puede volver (y tampoco se quiere,
por más nostalgia que cause). En esta realidad actual, en la que los espacios
se están privatizando, “los medios comprados y las mentiras políticas
protegidas por el ejército”, la hipótesis de este libro apunta a presentar a
los comunes no como una sociedad utópica y paradisíaca sino como “un marco político
desde el que podamos pensar en las alternativas al capitalismo”.
Cita la autora el
obituario que escribieron sobre Elinor Ostrom, decana de los estudios sobre los
comunes y crítica del totalitarismo de mercado: “Si se les deja a su libre albedrío,
los seres humanos averiguarían formas racionales de sobrevivir y convivir.
Aunque las tierras cultivables del mundo, los bosques, el agua dulce y la pesca
fueran finitas, [para Elinor] era posible compartirlas sin agotarlas y
cuidarlas sin pelearse”. De nada sirve enseñar a pescar o regalar la caña si el
río tiene un único dueño.
El concepto de “lo
común” (que no tiene que ver con lo público) es tan fuerte que el propio
capitalismo se apodera de él en su beneficio. Pensemos en el SUM de un edificio
que es de uso común pero acrecienta las expensas hasta la locura. O la cantidad
de barrios cerrados que tienen lugares comunes para sus habitantes, entre
rejas, sin contacto con un exterior tan horroroso. O podemos pensar en la
placita del barrio, tan común a todos y, sin embargo, enrejada, custodiada y
cerrada por la noche, con la excusa del vandalismo.
Pero, algunos intentos
de “comunes" se mantienen al margen o crean un sistema de mercado interno,
propio: las ollas y comedores populares, las huertas urbanas, la unión de
trabajadores de la tierra. Federici hace un recorrido, espacial y temporal,
sobre todos los intentos de economía común que en el mundo han llevado a cabo
principalmente las sociedades más golpeadas por el empréstito de los súper
bancos. Obviamente, los países del mundo conceptuados como subdesarrollados,
pobres, tercermundistas, bárbaros. No obstante, estos movimientos de
recuperación de la tierra, del espacio común, se dan también en los países del
progreso donde la abstracción del dinero lleva al grueso de la población a
hipotecar su vida, su futuro y el de sus hijos. Y no poder jamás pagar dicha
hipoteca, perderlo todo, incluso el futuro.
¿Dónde entra el
feminismo en esta nueva política de los comunes?
En una primera
instancia, Silvia Federici hace referencia a las actividades a las que se
relegó a la mujer en este sistema patriarcal: las tareas de reproducción y
cuidado. Lo doméstico, lo privado. Y ahí todas las lectoras gritamos y arrancamos
nuestros cabellos. Pero, si entendemos
el cuidado y la reproducción, no solamente como un castigo al cuerpo de la
mujer, sino como la posibilidad de supervivencia de la especie, es el feminismo
el que pone el ojo en la discusión acerca de qué significa el trabajo de cuidado. Pensemos en las redes de mujeres que se tejen alrededor de otras que se
encuentran en situaciones de violencia, de injusticia, de pobreza o de expulsión
de los lugares donde vivir. Con cuidado y reproducción no solo se está
hablando de los hijos, adentro de la casa, sino del medioambiente, de los
recursos naturales, de la tierra, de nuestro futuro. Tareas que evidentemente
tienen que ser comunales. Porque si la mayoría no tiene acceso y uno solo hace
usufructo de los recursos, la verdad llana es que nos jodemos todos.
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