miércoles, 24 de febrero de 2021

Claves feministas para la negociación en el amor, Marcela Lagarde

 

El amor no tiene que doler. El mito del amor romántico obnubila y significa entrega para la mujer. Entrega que conlleva sumisión. Y la sumisión implica obediencia, servilismo y dolor. Pero, ¿qué se hace una vez que se reconoce esta falacia? ¿Se desestima el amor? ¿Se lo cancela y erradica de la vida?

María Marcela Lagarde y de los Ríos escribe sus Claves feministas para la negociación en el amor con la intención de reelaborar el concepto para que sobreviva, pero sin dolor, sin mitología falaz.

Nació en la ciudad de México en 1948, un treinta de diciembre. La ONU ya había decretado los derechos humanos universales y el Dr. Alfred C. Kinsey ya había publicado un controversial informe sobre La conducta sexual del varón, que había generado sorpresa en la comunidad científica y en la sociedad por evidenciar lo que sucedía en la intimidad: la masturbación, la homosexualidad y bisexualidad o la temprana edad de iniciación sexual.

Quizás esa cercanía con el fin de año y de década, y las victorias y polémicas de mitad de siglo XX, la situaron a Lagarde en la revolución del pensamiento. A esto se le suma que ve la luz en un país y una región donde el patriarcado azota a las identidades feminizadas, amparado en una sociedad silenciosa y un Estado cómplice de todo tipo de violencia hacia la mujer. Por eso, probablemente, Marcela Lagarde se dedicó a la investigación de las expresiones culturales y sociales, desde la etnología, lo que le permitió estudiar y comparar sociedades ancestrales y las construcciones que todavía subsisten.  Y esto la condujo invariablemente al análisis antropológico de la condición de la mujer.

Actualmente, es una de las mayores referentas del feminismo en Latinoamérica. Sus publicaciones abarcan diversidad de temas, desde el cuidado, la religión, la maternidad hasta el cautiverio, la sexualidad y el amor.

A Lagarde le gusta la palabra “pacto” para hablar de los nuevos tipos de relaciones que la mujer debe establecer: entre mujeres y en la pareja. Pero esos pactos no pueden ya sostenerse sobre una ética machista que estipula la superioridad del hombre. Y si la mujer ha pactado hasta ahora ha sido bajo ese preconcepto. Por eso, en Claves feministas para la negociación en el amor, publicado en 2001, Lagarde propone que los nuevos pactos femeninos surjan a partir del reconocimiento de una ética propia: la sororidad. Y un poco de egoísmo; aunque el egoísmo ético se asocia a la moral de quien actúa en su propio beneficio y esto es visto como un valor deleznable. Sin embargo, Lagarde explica que la mujer debe anteponerse a otros, ubicarse en un primer lugar que le corresponde y del que la corrieron. Hasta ahora, en el amor (y eso se desprende hacia todos los ámbitos en los que “debe” amar), la mujer estuvo colonizada. Incluso tras largos años de luchas y algunas valiosas conquistas, la mujer continúa supeditada a las actividades que se justifican por amor: la maternidad, el cuidado de la casa, la pareja. Aunque no quiera o no sea feliz de ese modo. Como dice en su libro “el mundo acepta las apariencias, pero no acepta la no realización de los mandatos”, por lo tanto, la mujer debe adecuarse al mandato del amor romántico o verse desplazada socialmente.

Pero, ¿qué implica el amor romántico? Más allá de todas sus manifestaciones, que las mujeres consumen desde pequeñas en películas o canciones, el amor romántico es en general el súmmum de la vida de una mujer. Por lo menos, de acuerdo con los mandatos patriarcales. En cambio, el hombre no vive el amor de la misma manera, no tiene una responsabilidad afectiva total como la mujer y, generalmente, goza de otras libertades y de otros proyectos. Por esto, se vuelve indispensable que la mujer se comprometa consigo misma, se “descolonialice” y se convierta en un ser completamente político, incluso en el amor, consciente de sus derechos y su ciudadanía, protagonista de su vida.

“En la teoría política feminista hablamos de ser sujetas de la política, y en la teoría lingüística feminista hablamos de ser sujetas del discurso, de la palabra y de la voz, desde el análisis del amor decimos que nos estamos construyendo como sujetas del amor, y esto significa ser protagonistas con derechos amatorios”.

Para llegar a sus conclusiones, que vierte de manera sumamente accesible y en pequeños fragmentos subtitulados (lo que hace de su lectura un delicioso paseo), Lagarde recorre someramente la construcción del amor a lo largo de la historia y presenta la disyuntiva en la que se desenvuelve la mujer moderna que se encuentra partida entre la tradición del amor cortés, burgués o victoriano y las libertades que ha sabido conquistar en busca de la igualdad entre los géneros. Esto se ejemplifica claramente en las responsabilidades laborales que suma la mujer a sus tareas de cuidado doméstico que continúan siendo “su responsabilidad”.

Sin duda, está búsqueda de una nueva forma de “amar”, acarrea “hacer extensivo el desarrollo, la democracia genérica y las libertades a todas las mujeres”. La nueva ética bajo la cual la mujer puede desarrollar sus relaciones implica también una nueva estética de “buen trato entre nosotras”. Si bien todavía no se erradicaron todas las rivalidades y hostilidades que se construyeron alrededor de las relaciones entre mujeres, de acuerdo con Lagarde “la sororidad es el gran aporte del feminismo a la cultura contemporánea”. Al patriarcado no le conviene la solidaridad entre mujeres, “uno de los mecanismos de reproducción de las relaciones patriarcales es la competencia entre mujeres”; entonces, para tirarlo, debemos dejar de estar aisladas y unirnos.

 

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