El amor no tiene
que doler. El mito del amor romántico obnubila y significa entrega para la
mujer. Entrega que conlleva sumisión. Y la sumisión implica obediencia,
servilismo y dolor. Pero, ¿qué se hace una vez que se reconoce esta falacia? ¿Se
desestima el amor? ¿Se lo cancela y erradica de la vida?
María Marcela
Lagarde y de los Ríos escribe sus Claves feministas para la negociación en
el amor con la intención de reelaborar el concepto para que sobreviva, pero
sin dolor, sin mitología falaz.
Nació en la
ciudad de México en 1948, un treinta de diciembre. La ONU ya había decretado
los derechos humanos universales y el Dr. Alfred C. Kinsey ya había publicado un
controversial informe sobre La conducta sexual del varón, que había generado
sorpresa en la comunidad científica y en la sociedad por evidenciar lo que sucedía
en la intimidad: la masturbación, la homosexualidad y bisexualidad o la
temprana edad de iniciación sexual.
Quizás esa
cercanía con el fin de año y de década, y las victorias y polémicas de mitad de
siglo XX, la situaron a Lagarde en la revolución del pensamiento. A esto se le
suma que ve la luz en un país y una región donde el patriarcado azota a las
identidades feminizadas, amparado en una sociedad silenciosa y un Estado
cómplice de todo tipo de violencia hacia la mujer. Por eso, probablemente, Marcela
Lagarde se dedicó a la investigación de las expresiones culturales y sociales,
desde la etnología, lo que le permitió estudiar y comparar sociedades
ancestrales y las construcciones que todavía subsisten. Y esto la condujo invariablemente al análisis
antropológico de la condición de la mujer.
Actualmente, es
una de las mayores referentas del feminismo en Latinoamérica. Sus publicaciones
abarcan diversidad de temas, desde el cuidado, la religión, la maternidad hasta
el cautiverio, la sexualidad y el amor.
A Lagarde le
gusta la palabra “pacto” para hablar de los nuevos tipos de relaciones que la
mujer debe establecer: entre mujeres y en la pareja. Pero esos pactos no pueden
ya sostenerse sobre una ética machista que estipula la superioridad del hombre.
Y si la mujer ha pactado hasta ahora ha sido bajo ese preconcepto. Por eso, en Claves
feministas para la negociación en el amor, publicado en 2001, Lagarde
propone que los nuevos pactos femeninos surjan a partir del reconocimiento de
una ética propia: la sororidad. Y un poco de egoísmo; aunque el egoísmo ético
se asocia a la moral de quien actúa en su propio beneficio y esto es visto como
un valor deleznable. Sin embargo, Lagarde explica que la mujer debe anteponerse
a otros, ubicarse en un primer lugar que le corresponde y del que la corrieron.
Hasta ahora, en el amor (y eso se desprende hacia todos los ámbitos en los que
“debe” amar), la mujer estuvo colonizada. Incluso tras largos años de luchas y
algunas valiosas conquistas, la mujer continúa supeditada a las actividades que
se justifican por amor: la maternidad, el cuidado de la casa, la pareja. Aunque
no quiera o no sea feliz de ese modo. Como dice en su libro “el mundo acepta
las apariencias, pero no acepta la no realización de los mandatos”, por lo
tanto, la mujer debe adecuarse al mandato del amor romántico o verse desplazada
socialmente.
Pero, ¿qué
implica el amor romántico? Más allá de todas sus manifestaciones, que las
mujeres consumen desde pequeñas en películas o canciones, el amor romántico es
en general el súmmum de la vida de una mujer. Por lo menos, de acuerdo con los
mandatos patriarcales. En cambio, el hombre no vive el amor de la misma manera,
no tiene una responsabilidad afectiva total como la mujer y, generalmente, goza
de otras libertades y de otros proyectos. Por esto, se vuelve indispensable que
la mujer se comprometa consigo misma, se “descolonialice” y se convierta en un
ser completamente político, incluso en el amor, consciente de sus derechos y su
ciudadanía, protagonista de su vida.
“En la teoría
política feminista hablamos de ser sujetas de la política, y en la teoría
lingüística feminista hablamos de ser sujetas del discurso, de la palabra y de
la voz, desde el análisis del amor decimos que nos estamos construyendo como
sujetas del amor, y esto significa ser protagonistas con derechos amatorios”.
Para llegar a
sus conclusiones, que vierte de manera sumamente accesible y en pequeños
fragmentos subtitulados (lo que hace de su lectura un delicioso paseo), Lagarde
recorre someramente la construcción del amor a lo largo de la historia y
presenta la disyuntiva en la que se desenvuelve la mujer moderna que se
encuentra partida entre la tradición del amor cortés, burgués o victoriano y
las libertades que ha sabido conquistar en busca de la igualdad entre los
géneros. Esto se ejemplifica claramente en las responsabilidades laborales que
suma la mujer a sus tareas de cuidado doméstico que continúan siendo “su
responsabilidad”.
Sin duda, está
búsqueda de una nueva forma de “amar”, acarrea “hacer extensivo el
desarrollo, la democracia genérica y las libertades a todas las mujeres”.
La nueva ética bajo la cual la mujer puede desarrollar sus relaciones implica
también una nueva estética de “buen trato entre nosotras”. Si bien
todavía no se erradicaron todas las rivalidades y hostilidades que se
construyeron alrededor de las relaciones entre mujeres, de acuerdo con Lagarde
“la sororidad es el gran aporte del feminismo a la cultura contemporánea”.
Al patriarcado no le conviene la solidaridad entre mujeres, “uno de los
mecanismos de reproducción de las relaciones patriarcales es la competencia
entre mujeres”; entonces, para tirarlo, debemos dejar de estar aisladas y
unirnos.